"¿Qué estoy diciendo? Estoy diciendo amor.
Y cerca del amor estamos nosotros"
Clarice Lispector
hace unos días, tuvimos que atravesar un desafío de amor
el clásico binomio del responsable y la irresponsable
se había acentuado con la inundación de un patio
pero esta vez, las reacciones fueron determinantes
ELLA, trapito leve y severa dosis de facebbok y distracción
ÉL, trapo, balde y secador, severa dosis de fastidio y desilusión respecto del rol de la irresponsable
la discusión y drama alcanzaron su nivel máximo,
en el fondo de mi corazón sentí que nunca iba a poder cambiarme a mi misma,
que la mugre nunca será un problema para mí,
que la limpieza me atrasa, me quita horas de vida útil, pero
¿cómo decir toda esta verdad
a un corazón responsable y limpio como el de mi amorcito?
lo que sufrí en esa discusión no tiene nombre
fue el episodio más trágico de toda nuestra aventura amorosa,
el descubrimiento de un homicidio, "marche presa"
pensaba mi cabecita de roña
fue un encontronazo sobre la filosofía del desencuentro, algo terrible
yo quise alejarme de la discusión, me levanté de la mesa con llanto desmedido,
pero el no permitió que huyera y me propuso un pacto de amor,
muy desafiante para mi irresponabilidad acérrima:
de ahora en más tendremos un pacto de convivencia,
con cronograma de limpieza para cada uno de los inviolucrados
no fue fácil, pero hace una semana que lo venimos cumpliendo
con dificultad en mi caso, de repente me encuentro baldeando
me veo perdida en el medio del bosque
y no encuentro las miguitas para volver a casa
en fin, nada que no se resuelva con una cumbiecita
para no sentirme tan perdida mientras friego,
que se yo
él por su parte tuvo que reconciliarse con la idea de lavar los platos
(ah, ves no hablás de ese tema, si LOS PLATOS SE LAVAN SOLOS!!!)
no no dije nada, dijimos que nada de resentimientos,
me compré unos guantes naranjas que me quedan muy lindos,
y creo que ya entendí la dinámica de la lavandina,
si me encontraste mareada el otro día tirada en la cocina con la botella vacía
es porque todavía no sabía cómo diluirme